BURNOUT DEL PERSONAL DE SALUD

El burnout o “síndrome de estar quemado por el trabajo” (SQT) fue descripto por el médico psiquiatra Herbert Freudenberger en la primera mitad de la década del´70. Si bien inicialmente no lo definió con tal nombre, dicho cuadro psicopatológico fue observado por él mismo en los colegas de la clínica de salud mental neoyorquina donde se desempeñaba. Freudenberger reparó que muchos de los voluntarios y profesionales que trabajaban en la recuperación de pacientes toxicómanos,  presentaban una serie de síntomas psicofísicos evidentes y notables cuando el trabajo con dichos pacientes se extendía en el tiempo (en promedio, un año). La sintomatología observada se caracterizaba por un progresivo agotamiento, así como también por evidentes signos de anhedonia, desinterés por el entorno laboral e incluso agresividad velada o manifiesta hacia los pacientes en tratamiento. Estos observables constituían la respuesta individual a lo que en ese entonces  conceptualizó como un ambiente laboral estresor, caracterizado por una sobrecarga de responsabilidades y una demanda excesiva de energía y compromiso afectivo hacia el trabajo a realizar.

Poco tiempo después, en el año 1976, la psicóloga e investigadora Christina Maslach agrupó las conductas observadas por Freudenberger y otros investigadores bajo el nombre de burnout, término que ya había sido utilizado tanto en el ámbito jurídico – legal (como pérdida de interés por el trabajo) como en el de la farmacología e investigación clínica (refiriéndose en este caso a la sintomatología observable tras el uso crónico de determinadas drogas).  Maslach y colaboradores determinaron entonces tres aspectos axiales en el síndrome de burnout, que perdurarían en el tiempo y que son al día de hoy considerados como distintivos del cuadro:

  1. El cansancio emocional y físico; se observa un progresivo agotamiento, falta de entusiasmo, anhedonia, desmotivación generalizada y sensación de escasez de recursos para acometer las tareas y responsabilidades del puesto de trabajo.
  1. La despersonalización; la cual constituye en parte una consecuencia del punto previo y retroalimenta al mismo. Se caracteriza por el trato indiferente y “cosificación” de las relaciones humanas (pacientes, colegas, clientes, etc.). La persona aquejada por el síndrome de burnout trata a las personas de su entorno con una manifiesta distancia emocional, cínicamente y en forma deshumanizada, como respuesta defensiva patológica ante el contexto asfixiante y demandante del trabajo que está llevando a cabo.
  1. La falta de realización profesional y personal en el trabajo; como corolario de las dos dimensiones antedichas. Esta instancia implica un claro sentimiento de inadecuación al trabajo y conlleva una serie de valoraciones negativas hacia la propia persona, destacándose la sensación de falta de capacidad técnica y conocimientos, la inseguridad ante tareas y responsabilidades que anteriormente se desarrollaban sin mayores dificultades y la profunda insatisfacción respecto del desarrollo, crecimiento y expectativas laborales a futuro

Cuando se despersonaliza la atención, los médicos, enfermeros y resto del personal tienden a pensar a sus pacientes como un conjunto de síntomas y no como un ser humano que busca ayuda (ej: al abdomen agudo del la cama 6). Éste es un signo distintivo del burnout. Una encuesta reciente de la Mayo Clinic a 6880 médicos norteamericanos reveló que un 35% de ellos tenía un alto nivel de despersonalización.  Esta misma proporción de profesionales “quemados” (35%) es la que también se encontró en otro grupo de 1.393 médicos de familia europeos. Una encuesta entre 11.530 profesionales de la salud de Iberoamérica, entre los cuales un 85,4% de las respuestas correspondió a médicos, indica que los argentinos están entre los más afectados..( De forma tal que se trata de un fenómeno generalizado.

Cuando la despersonalización se combina con el agotamiento emocional, se ingresa en una verdadera “fatiga de compasión”. Literalmente es imposible brindarla. El problema radica en que atender a pacientes y trabajar en salud es mucho más que un trabajo; es un llamado. Los pacientes vuelcan toda su confianza en los médicos y enfermeros en momentos difíciles de sus vidas y comparten con ellos aspectos íntimos que no le revelarían a nadie. Esta relación sí tiene una ciencia y un arte, pero todos los datos parecen indicar que algo del arte está desapareciendo. En otras palabras, la crisis de compasión podría estar transformando ese “llamado” en un trabajo más, no muy distinto al de cualquier empresa de servicio. No deberíamos permitir que eso pase. La atención de la salud necesita ser un llamado. Acompañar a los pacientes en los peores y más íntimos momentos de sus vidas es algo sagrado que requiere de un sincero interés por la humanidad de la persona que se atiende. Cuando la salud y el bienestar de los pacientes están en juego, el tiempo, la emoción, la empatía y la compasión no deberían ser negociables.

Factores protectores y herramientas de prevención.

Sin lugar a dudas, la prevención y tratamiento del síndrome de burnout requiere un enfoque plural, abarcativo y transdisciplinario. La etiología de dicha afección, como ya se ha señalado, encuentra raigambre en factores individuales, organizacionales y socio-culturales. Algunos de ellos, tales como la cultura del trabajo contemporánea, claramente escapan al campo de acción del médico o profesional de la salud afectado. Es decir, no es una variable que pueda ser atacada y contrarrestada por un esquema de prevención realista y eficaz en el corto y mediano plazo por aquellos que sufren el hecho de sentirse “quemados” en el trabajo. Por otra parte, las características organizacionales e institucionales del sistema de salud, en el caso argentino particularmente, parecen correr la misma suerte que el factor previo. Nuevamente, la prevención y las acciones que puedan tomarse para minimizar estos factores parecerían a priori requerir de tiempos de implementación y ejecución que no resultan ajustados a la urgencia cotidiana del que padece burnout.

Por tal motivo, el hincapié estará puesto, en este caso particular, en aquellas medidas individuales y grupales que estén al alcance del médico, que puedan hallarse dentro del “circulo de influencia” del mismo. Posiblemente algunas de ellas no requieran mayor complejidad en su ejecución, siendo el principal obstáculo cierta reticencia observada tradicionalmente en los médicos a reconocer y afrontar sus propios padecimientos. El hecho de darse cuenta a tiempo y reconocer con suficiente anticipación la sintomatología del burnout constituye como en todo cuadro patológico y/o de sufrimiento un elemento determinante para la pronta y efectiva resolución del mismo. Dicho esto, las principales acciones de prevención son:

  • Lograr, en la medida de lo posible, un adecuado balance entre el tiempo dedicado a actividades laborales, particularmente las de carácter asistencial, y el tiempo destinado a actividades recreativas, familiares y/o sociales. Poder orientar el trabajo a hacerlo mejor y no a hacer más. Es parte de la responsabilidad profesional y de la ética del profesional de la salud saber “retirarse a tiempo” de aquellas situaciones laborales en las que se reconoce estresado y también lo es aprender a decir “no” a las exigencias del contexto laboral que exceden las propias capacidades, expectativas y anhelos.
  • Mantener un vínculo adecuado de trabajo con los pares y superiores, donde prime la comunicación eficaz y fluida. Así como el “efecto de contagio”[1] en el burnout está estudiado y comprobado, también lo está la contracara de éste. La claridad en los roles dentro de las instituciones asistenciales, la mejora en la administración del tiempo, la creación de espacios de debate para compartir y poner en común las experiencias en el trato con el paciente, forman parte, entre otras, de las posibles medidas que fortalecen la cohesión y sinergia del equipo. Como se señaló supra, el sentirse “socialmente desprotegidos”, aislados y sin soporte afectivo-emocional representa uno de los dos factores más importantes en la causalidad del Por tal motivo, el equipo de trabajo, cuando funciona adecuadamente, constituye una herramienta de inapreciable valor para contrarrestar su aparición.

 

  • Establecer metas y objetivos de trabajo cotidiano, en el día a día del trabajo asistencial, que sean realistas y factibles. Evitar la excesiva sobrecarga de la agenda diaria de actividades laborales. El sentimiento de “poder hacer (bien) el trabajo” es uno de los elementos axiales en la percepción de autorrealización en el trabajo. Poder destinar tiempo a la capacitación, formación y actualización permanente y regular (y no esporádica e intensiva) resulta de vital importancia a tal fin.

Fuente: Navarro Pizzurno, J Biblioteca virtual NOBLE ®: Burnout: El síndrome de estar quemado por el trabajo en el ámbito de la práctica médica.